Monday, April 30, 2012

Vargas en la historia - Por Arturo Uslar Pietri


Apreciados estudiantes, "amigos invisibles":
Cumplo el deber de compartir un magnífico ensayo sobre el excelentísimo Dr. José María Vargas escrito por nuestro ilustre Dr. Arturo Uslar Pietri. Este texto, de extrema importancia, debería ser leído por todos los venezolanos. Fue publicado hace 24 años en la Revista Nacional de Cultura, ejemplar Nro. 270, el cual adquirí en la librería de la Universidad Central de Venezuela durante mis días de estudiante. Dos décadas pasaron hasta que transcribí este texto, a puño y tecla, para ustedes, germen de nuestra nación. Por favor, después de leer este texto, publiquen sus reflexiones en su blog personal. ¡Qué lo disfruten!

Revista Nacional de Cultura N° 270. Caracas, 1988

ARTURO USLAR PIETRI

VARGAS EN LA HISTORIA

Para la mayoría de los venezolanos, Vargas es la conmovedora figura simbólica del Magistrado civil que no se pliega ni acepta el hecho de fuerza que pretende arrebatarle el legítimo mandato, que nunca solicitó y que aceptó con muchas objeciones, pero que estaba dispuesto a mantener con plena dignidad aun al precio de su vida misma, como un sagrado depósito recibido del pueblo.

La escena es inolvidable y ejemplar, y el diálogo que se produjo resuena imperecederamente en la conciencia de todos los venezola­nos como la más alta lección de patriotismo.

El envalentonado jefe de los conjurados contra el Gobierno Consti­tucional se atreve a decirle, con el arma en la mano, mientras le exige la renuncia. "Señor Doctor, usted sabe ya el pronunciamiento, evite males mayores" para añadir con estúpida convicción: "Los gobier­nos son de hecho". "Permítame usted, le interrumpe Vargas, el go­bierno de Venezuela no es de hecho: la nación se ha constituido legítimamente y ha establecido su gobierno, hijo de un gran hecho nacional y de la voluntad de todos, legítimamente expresada. El Gobierno de Venezuela es un gobierno legítimo nacional, de hecho y de derecho."El insurrecto armado vocifera la bazofia ideológica con la que ha pretendido justificarse todas las usurpaciones: "El derecho viene del hecho, una revolución produjo el Gobierno que usted ha servido, ésta producirá otro que, más tarde, se llamará de derecho. La nación acogerá esta causa como acogió aquella. ...El mundo es de los valientes". Lo que con serena firmeza expresó el Presidente aquel día inolvidable, es la más alta lección de civismo que hemos recibido los venezolanos. "Si el derecho viene después del hecho ha de ser un hecho grande, nacional, en el estado primitivo de la sociedad y no el hecho tumultuario de una guarnición militar que no puedo ni debo considerar sino tal como las leyes lo conocen y califican." " El mundo es del hombre justo: es el hombre de bien y no el valiente el que siempre ha vivido y vivirá feliz sobre la tierra y seguro sobre su con­ciencia". Nadie puede dudar quién, en aquella hora definitiva y defi­nitoria, personificó el valor y quién la cobardía. Pedro Carujo no es sino una mala palabra más en la dolorosa crónica de nuestras desgra­cias nacionales, mientras que Vargas, es la figura más resplandecien­te del honor y de la dignidad en lo más alto de nuestra historia.

Ni comienza, ni menos aun, termina en esa ocasión exaltante la gloria de Vargas y la inmensa herencia moral que ha dejado al pueblo venezolano. Más largos, más tenaces y más profundos fueron sus trabajos y sus enseñanzas.

Forma parte de aquella generación brillante que va a acometer la inmensa empresa de la independencia. Nace en La Guaira en 1786, en el pequeño pueblo en el que desemboca en el mar el camino de recuas que viene de Caracas. Cuando es todavía un niño se descubre la conspiración de Gual y España. Fue una inesperada sacudida que conmovió radicalmente aquella sociedad incipiente y pasiva. Aquel fuego de revolución que había estremecido a Europa, aquella asom­brosa novedad de una república fundada en la libertad y la igualdad, sobre el derrocado trono de los reyes de Francia, va a recrudecer su fuego, inesperadamente, en la remota Capitanía General de Vene­zuela. No se debió hablar de otra cosa que de aquel propósito increí­ble que consistía en establecer una república en la apacible Santiago de León y de proclamar el nuevo evangelio insólito de los derechos del hombre.

Es en ese ambiente de curiosidad y temor, que va a iniciar sus estudios en Caracas. El viejo Seminario de Santa Rosa, convertido superficialmente en Universidad Tridentina, no podía ser el lugar para saciar aquella ansia de conocer. Era apenas, una exangüe reli­quia de la más vetusta universidad europea, fuera de la Teología y del Derecho, enseñados en la forma más tradicional, no existía práctica­mente ciencia, casi nada, como no fuera en la atrevida cátedra de Baltasar Marrero, llegaba de las nuevas ideas que sacudían la mente europea. Se estaba en el más rutinario aristotelismo y en el ejercicio inerte de los juegos de dialéctica y la retórica. Su vocación íntima lo lleva a la escuela de medicina, anacrónica, vacua, vuelta al pasado, con algunos doctores de Moliere, que conjuraban las enfermedades con latinazos. Nada de anatomía, nada de ciencias naturales, nada de experimentación.

Es entonces cuando comienza a medir el abismo que separa aque­llas aulas muertas del prodigioso mundo de las ciencias experimenta­les que crece en los grandes centros de enseñanza de Europa, y la imposibilidad de hallar, en aquel reducto de la Edad Media, los ins­trumentos y los saberes para enfrentar las grandes carencias y atrasos de aquella sociedad.

Va a medir la desproporción entre los requerimientos de aquel pueblo y la enseñanza de una universidad ignorante, entre su ambi­ción inagotable de servir y los medios de que puede disponer.

En 1808 recibe aquel irrisorio título de Doctor en Medicina que lo condena a sentirse impotente para responder a lo que aquella socie­dad necesitaría para su bien y su salud moral y física. Desde temprano ha tomado la decisión de irse por algunos años a alguno de los gran­des centros científicos europeos para adquirir los conocimientos que no tiene y venir a ponerlos al servicio del progreso de su país.

No le va a ser fácil realizar ese generoso proyecto, a poco de recibir el vano título y de marchar a Cumaná a padecer las torturas de su impotencia ante la enfermedad, surge el movimiento de 1810. Vargas se adhiere con serena decisión y llega a formar parte de la Junta local. Ve surgir el ilusionado ensayo de independencia y mira con angustia todas las formas de turbulencia, anarquía y descomposición que van a llevar al fracaso a la Primera República. En 1812, el terremoto pare­ce rematar la cadena de desastres. Más que nunca siente su impoten­cia, rodeado de dolor y de los males que no puede ni aliviar ni acep­tar. Entra Monteverde a Caracas y los sueños de una república libre y justa desaparecen. Lo que brota por todas partes es la violencia, el odio, las persecuciones y la descomposición del mal estructurado cuadro social. Lo hacen preso. Recobra su libertad cuando Bolívar derrota a Monteverde y entra triunfador a Caracas. Al año siguiente de 1814, de 27 años de edad, puede al fin realizar el tan anhelado proyecto de irse a un gran centro de ciencia para ponerse a aprender todo lo que ignora y cuya falta ha sentido tan dolorosamente en los años de su útil ejercicio médico.

Va a la Universidad de Edimburgo, en Escocia, que era entonces una de las más avanzadas en materia de medicina, ciencias naturales y modernos métodos de estudio. Nada lo aparta ni lo distrae de su propósito al que se entrega sin descanso. Los testimonios que nos quedan de esos años nos muestran a un verdadero poseso de la sed de aprender.

En aquel extranjero, ya no muy joven, los maestros y los condiscí­pulos pudieron admirar el ejemplo de una entrega total al estudio. Sentía que no sabía nada y que tenía la oportunidad, excepcional de aprenderlo todo. El campo de las ciencias naturales y médicas se abría ilimitado ante sus ojos deslumbrados, como una tierra prometi­da. Con dedicación sin tregua va a ponerse al estudio de todo aquel lo a lo que no había podido llegar hasta entonces y que ahora se le ofrecía en ¡limitada abundancia. Va a aprender a aprender y va a aprender a enseñar la anatomía en el cadáver, la botánica, la minera­logía y la geología en los campos y en las colecciones de ciencias naturales, la química en el laboratorio. Es un tesoro que se le ofrece y sobre él se lanza con avidez insaciable. Quiere conocer la naturaleza y al hombre dentro de ella, los procesos de la vida, las propiedades de las plantas y de las rocas, el misterio de la salud y de la enfermedad dentro de un contexto natural. Va a descubrir que la ciencia no está en los libros, por sabios que sean, sino en la investigación y la experi­mentación. Se da cuenta, con creciente asombro, que se está forman­do una nueva ciencia y una nueva filosofía, que tienen su asiento en el conocimiento de la naturaleza y en la razón crítica.

Lo que no pudieron ver sus condiscípulos, ni sus ¡lustres maestros, es que aquel no era solamente un maduro estudiante ejemplar, sino algo más raro y conmovedor, el adelantado de todo un pueblo, envia­do a buscar luz para traerla a sus hermanos que habían quedado en tinieblas. Era un ser que había aceptado resueltamente una misión prometéica y a ella dedicaba sin vacilación su vida. Lo que estaba allí, y no lo podían adivinar los otros, no era un hombre sino la conciencia viva de un pueblo entero que por medio de aquel ser heroico se esforzaba por salir del atraso y alcanzar los bienes de la civilización científica.

Con ese espíritu y esa voluntad que no flaquea el Doctor Vargas se va a convertir por más de diez años en lo que más tarde un gran poeta pudo llamar "un ladrón de fuego". Debió sentir que estaba en sus manos el destino de Venezuela y que en aquella paciente labor libra­ba solitario una batalla de salvación nacional que en nada cedía a la que en los campos de guerra libraban los Libertadores. Mientras se peleaba en Boyacá o en Carabobo, aquel solitario libraba la batalla del conocimiento para darle un futuro mejor a sus hermanos.

El regreso a Venezuela tendrá una escala aleccionadora. Va a ser en Puerto Rico donde va a ensayar las armas de civilización y bien que ha adquirido en la Gran Bretaña.

En el año de 1825 regresa finalmente a Caracas. Ha concluido la lucha armada para ganar la Independencia, pero va a comenzar la lucha más larga y difícil por establecer una democracia e implantar las semillas del progreso científico y humano.

La pequeña villa de 1825, todavía no repuesta de la ruina del terre­moto y de la guerra, empobrecida y atrasada mucho más de lo que pudo estar en 1810, siente de inmediato la presencia bienhechora de aquel hombre modesto cargado de tantos dones. Lo primero que va a aparecer es el médico. Frente al curanderismo, titulado o no, llega con Vargas la medicina más avanzada de la época. Se le verá como un taumaturgo que devuelve prodigiosamente la salud y la vida, se cuentan de él milagros y prodigios. Va de puerta en puerta llevando aquel don de bien que, a veces, opera por la fe que inspira su sola presencia. Inicia una práctica quirúrgica que era desconocida, la gente comienza a bendecirlo y venerarlo. Pero para él hubiera estado fallida su misión si se hubiera limitado al ejercicio humanitario de su profesión. Se impacienta por iniciar la enseñanza de todo lo que aprendió en aquellos años de aprendizaje sin tregua. Con angustia conocerá el bajísimo nivel a que ha llegado la enseñanza médica y de inmediato inicia en su propia casa la enseñanza moderna de la anato­mía sobre cadáver. Ha traído planchas anatómicas, libros, instru­mentos y todo lo va distribuyendo, como un pan de salud, entre aquellos jóvenes que lo rodean para ir detrás de él a la maravillosa aventura de conocer al hombre y a la naturaleza. Se le nombra médi­co del hospital de Caracas, inicia en la Escuela de Medicina la cátedra de anatomía en el primer modesto anfiteatro que existió en el país.

Les hace comprender a sus discípulos que nada sabe de medicina el que sólo sabe de medicina y que para conocer a ese ser vivo que se llama el hombre hay que conocerlo dentro de la naturaleza, para entender los procesos vitales y para hallar nuevas formas de curar. Muchas veces en su propia casa, sin remuneración, con sus propios recursos de libros e instrumentos, enseña botánica, mineralogía, geo­logía y química. Abre por primera vez, con toda amplitud, la lumino­sa puerta que conduce a la ciencia experimental. Más que en los discursos académicos, vestigios del pasado, se le verá salir a herbori­zar y a buscar minerales en los campos aledaños, rodeado de jóvenes deslumbrados que descubren, por primera vez, la naturaleza en medio de la que han vivido casi sin darse cuenta. Prepara herbarios, colecciones mineralógicas, planchas y, en el modesto laboratorio, les enseñará las prodigiosas transmutaciones químicas de los ele­mentos. Otro tiempo y otro rumbo se le ofrecen a Venezuela por la tarea de aquel hombre austero, sencillo y bondadoso, a quienes to­dos llaman ya con un nombre que les parece no haber usado antes: maestro.

El año de 1827 viene Bolívar, por última vez, a su ciudad natal. Llega lleno de gloria y de preocupaciones. La victoria de Ayacucho, la libertad del Perú, la creación de Bolivia y la derrota final del impe­rio español lo revisten de un aura sobrehumana pero, al mismo tiem­po, siente que el vital proyecto de crear una gran nación con las antiguas porciones del imperio se resquebraja, el separatismo caudi­llista cunde, Páez, que se ha convertido inevitablemente en el jefe natural de Venezuela, personificó una actitud generalizada de desco­nocimiento de la unidad colombiana y de vuelta a un concepto de celosa autonomía nacional para la antigua Capitanía General.

Su presencia y el peso de su prestigio incomparable parece lograr detener, por lo menos en la apariencia, el incontenible movimiento hacia el separatismo. Sin embargo en medio de aquel inmenso de­sengaño que representa el fracaso de su más alta ambición america­na, encuentra ánimo y tiempo para ocuparse del progreso de su país y de sus necesidades fundamentales. Encuentra a una Venezuela en ruinas, desangrada y arruinada por la larga guerra fratricida, atenaza­da por la pobreza, la ignorancia y el atraso, sin instituciones, sin bases de estabilidad social y, casi, sin porvenir.

Es entonces cuando piensa que la única vía posible para salir ade­lante de aquella amenazadora condición está en la escuela. No ha olvidado sus apasionados diálogos con Simón Rodríguez y su empe­ño sin tregua de hacer en la escuela los republicanos que podrán hacer posible la República. Toda tentativa de progreso requiere un rumbo y un comando, que no dependa del capricho de un hombre, de los azares del poder político, sino de la formación cada vez más amplia de un grupo de civilizadores, de adelantados de la ciencia y del progreso, que aseguren el adelanto para todos. Ese centro de luz y de progreso no existe. La vieja universidad se ha agotado en su ana­crónica soledad. Es entonces cuando se encuentra con Vargas, con­versan y comparten angustias y esperanzas. Mucho daríamos por haber conservado lo que se habló entonces entre aquellos dos seres, tan distintos y tan cercanos. No sabemos lo que hablaron pero es fácil imaginarlo por el resultado precioso que tuvo aquel encuentro. De allí va a surgir la universidad creadora y vuelta hacia el presente y las necesidades del país de que se había carecido, para que sea el centro superior de la creación de un nuevo tiempo de Venezuela para el saber, el progreso y el bien.

En el sentido más literal y verdadero, de ese encuentro nace la universidad venezolana. Se promulgarán las nuevas disposiciones, se trazarán las pautas y los objetivos, se creará la herramienta funda­mental para hacer una nueva patria y se elige al Doctor José Vargas, Rector.

Lo que se le encomienda, es el comando intelectual para forjar una nueva Venezuela. Pudo parecer desproporcionado el encargo pero habida cuenta del hombre a quien se confiaba no lo era. Más allá de los políticos y de los guerreros, como una iluminada legión contra la ignorancia y el atraso, Vargas reúne el núcleo de comando de su combate incomparable. No va a ser una batalla que se decida en una jornada, como las de la independencia política, sino otra que exige largos años de tenaz y creciente esfuerzo para echar las bases y establecer la dirección de una nueva sociedad.

Los recursos eran escasos pero la voluntad de servir ilimitada. Con ejemplar desprendimiento Vargas da el ejemplo contagioso de la voluntad de servir sin miras de provecho propio. Multiplica las posi­bilidades y los recursos gracias a la voluntad de hacer. Proyecta una universidad modesta de medios pero ambiciosa de fines, al día con la ciencia y con el mundo y atenta a las necesidades del país.

Quiere fundar cátedras, laboratorios, museos, jardín botánico, la­bores de extensión y una biblioteca que reuniera todo lo esencial del pensamiento universal. Hay un momento en que parece posible que se adquiera de los herederos la admirable colección de libros que había reunido Miranda en su casa de Londres. Sus herederos hacen entrega del conjunto de los libros griegos y latinos que el Generalísi­mo ha legado a "su vieja nodriza", la Universidad, pero Vargas aspira a obtener todo el conjunto para formar la base fundamental de la biblioteca.

Se comunica con Leandro Miranda, piensa en Bello para que en Londres intervenga en la negociación y se esfuerza en sacar de los magros recursos el dinero necesario. La negociación no se logra, los libros de Miranda se dispersarán al azar de las subastas y la Universi­dad de Caracas se quedará sin ese tesoro incomparable. En una u otra forma, intervienen en esa tentativa ejemplar los nombres de Vargas, de Miranda y de Bello, como si un azar lleno de significación trascen­dente los hubiera convocado para presidir el nacimiento de la Uni­versidad.

No se limita a la Universidad y a las cátedras de medicina y cien­cias naturales la labor de Vargas, a poco lo designan para la Direc­ción Nacional de Instrucción Pública, que es el órgano del Estado para todo lo relativo a la educación y en la que va dar todo su esfuerzo por largos años, sin percibir remuneración. En esa tarea se convierte en el promotor y la conciencia del proyecto educativo de Venezuela. Las disposiciones que emanan de ese cuerpo, bajo su dirección, bas­tarían para consagrarlo como el mayor educador y civilizador que Venezuela tuvo en todo el siglo XIX. Desde la escuela primaria hasta la universidad, concibe una educación adaptada al medio y a las necesidades que le dé a la población entera la posibilidad real de mejorar de condición y hombres más útiles a ellos mismos y a la comunidad. Aquella Dirección se convierte en la forja y en el puente de comando para la elevación cultural de aquel país y la preparación segura de un futuro mejor.

Tiene igualmente Vargas un papel ejemplar en la obra de la Socie­dad de Amigos del País. La concibe como un centro de fomento de la producción y del bienestar general. Se proponen vencer el atraso económico por medio de la divulgación de los progresos adaptables que la agricultura, la cría y las industrias han alcanzado en los países más adelantados, manuales de cultivo, nuevas especies, distribución de semillas mejoradas. No se limita a estos aspectos prácticos aquella empresa ejemplar, va más allá, hasta los conceptos mismos que con­dicionan la mentalidad colectiva y la frenan en sus posibilidades de adelanto. Ha dicho muchas veces "Son hombres lo que nos falta", pero también se yergue contra la resignada y fatal filosofía de que son el medio y el clima los causantes del atraso. "En vano, dice, invocare­mos para disimular la apatía y consolarnos de las desgracias que ésta amontona sobre nosotros, el ponderado obstáculo de la influencia del clima". El cree firmemente que "Los pueblos todos tienen en sí el poder de elevarse a las más altas ideas, a las acciones más heroicas, al mayor esplendor, según la educación que reciban, las circunstancias en que se encuentren y la influencia bienhechora de su gobierno y de sus leyes". Con impulso incontenible de protesta y admiración, con una voz que todavía tiene el poder de herir nuestras conciencias: "¿Hasta cuándo veremos con indiferencia la fatal paradoja de un país, el más fecundo por la naturaleza en medios de subsistencia y dicha, al paso que uno de los más desgraciados y miserables?"

Nunca fue Vargas un político en el sentido ordinario de la palabra. Es sincera su repugnancia por todo lo que de farsa y servidumbre tiene el poder, pero era imposible que una figura tan excepcional­mente luminosa pudiera mantenerse indemne y aislado en medio de las luchas de facción que iban a caracterizar la Venezuela de su tiempo. Era bolivariano y se mantuvo bolivariano en la concepción superior del destino de nuestro pueblo. Sentía que la nueva república necesitaba un tiempo de segura fragua para constituirse sólidamente, creando instituciones eficaces y respetables y elevando el pueblo, por medio de la educación y el ejemplo, a la condición superior y necesaria de conocer sus derechos y cumplir sus deberes.

En 1829, cuando está plenamente entregado a su tarea formadora, se le presenta la primera prueba. El General Lino de Clemente se separa de la Prefectura del Departamento Venezuela, que compren­día la Gobernación política de las provincias de Caracas y Carabobo, y se designa al Doctor Vargas para sucederlo. Era una alta posición gubernamental para la que se buscaba un hombre de indiscutible prestigio. Por tres veces consecutivas Vargas rechaza con toda ener­gía esa designación.

Le escribe a Páez, con firme resolución: "Nada entiendo... de ad­ministración de rentas, ni de Gobierno..." "es un principio social que, por honroso que sea el puesto a que se nos eleve, si falta un mérito adecuado para llenarlo, sólo sirve para hacer resaltar nuestra incapa­cidad... " "esta negativa mía no puede dar un mal ejemplo, porque el civismo, en cuanto a los servicios, debe ser puesto en acción según la posición y capacidad de cada individuo, y la temeraria ingerencia en asuntos que comprometen la causa pública, con el pleno conoci­miento de haberlos de dirigir mal, lejos de ser civismo es un crimen contra la Patria."

Ese mismo año se le designa Diputado al Congreso que había de reunirse en Bogotá para decidir de la suerte de la Gran República. Acepta pero, por motivos de salud, no puede ir.

Es luego designado Diputado al Congreso que ha de reunirse en Valencia para formalizar la separación de Venezuela y su organiza­ción constitucional. Allí concurre el venerado maestro a dar una de sus más altas lecciones de civismo. En torno al General Páez se ha congregado el movimiento separatista y la reacción antibolivariana. La pasión política, los odios gratuitos, los resentimientos, las ambi­ciones, van a desatar una tormenta sobre aquella asamblea. Con la serenidad y la mesura que lo caracterizan, Vargas salva su voto cada vez que se propone, en alguna forma, la infamante resolución de pedir la expulsión del Libertador.

Aquella firme y noble actitud que todos, aún los más apasionados se ven obligados a respetar constituye la confirmación resplande­ciente de su condición de héroe civil incomparable. Bolívar, que ya no disponía de muchas maneras de agradecerle el valeroso gesto, le hace el más alto reconocimiento al designarlo, en las horas finales de su vida, como uno de los albaceas de su sucesión.

A pesar de su invariable actitud de no plegarse a partidos ni conve­niencias cobardes, el Congreso que lo ha elegido como uno de sus Presidentes, lo designan luego Consejero de Estado.

La política lo cerca, lo persigue, lo hostiga sin tregua porque todos los que lo conocen y lo admiran, sienten que seguramente con un hombre de sus elevadas virtudes y saberes en el gobierno, el país podría alcanzar sus más altos anhelos republicanos.

Lo que está en el fondo de la pugna política es la confrontación abierta o velada, pero constante, entre quienes pretenden que el país debe ser gobernado por los jefes militares que le dieron independen­cia y aquellos otros que aspiran a un régimen republicano efectivo, regido por leyes y principios, en el que los hombres de paz no tengan menos títulos y oportunidades que los hombres de armas. A veces la tensión estalla abiertamente en insurrección, como la de 1831, o permanece latente, alimentada por los seguidores de los grandes soldados como Mariño, o Monagas. El descontento alcanza hasta la figura señera de Páez, porque se piensa que el gran jefe llanero, ha dejado de lado sus viejos conmilitones y se ha rodeado de la gente de universidad, de trabajo y de ley.

Para quienes sueñan con un Presidente Civil, Vargas se convierte en la opción ideal. Primero de manera sorda y luego abiertamente se comienza a mover opinión en torno a su posible candidatura para suceder a Páez en el segundo período constitucional de la Venezuela separada. Vargas mira crecer con disgusto y temor aquel movimiento que va cobrando cuerpo de manera creciente. A uno de sus hermanos le había escrito "Quiero estar fuera de elecciones y de política."

Dirige, en la víspera de los comicios, un manifiesto a los electores, en el que hace una insólita declaración de rechazo: "Ni por un mo­mento he acogido la idea de poder yo encargarme de los destinos de mi país, porque estoy bien convencido de que carezco, además, de la capacidad necesaria para dirigir con acierto aquel difícil encargo, de aquel poder moral que dan el prestigio de las grandes acciones y las relaciones adquiridas en la Guerra de Independencia, poder que en mi opinión es un resorte poderoso en las actuales circunstancias de Venezuela..." Insiste repetidamente en su negativa por el "temor de comprometer a pesar de un estéril sacrificio, los intereses de esta misma Patria."

Repite su súplica desesperada ante el propio Congreso, que debe perfeccionar el resultado de la consulta electoral. Pareciera que mientras más él se resiste más crece el deseo de colocarlo a la cabeza del Estado, como si se esperara que el taumaturgo que tantos bienes ha hecho y tantas vidas ha salvado, pudiera hacer el prodigio de instaurar la república definitiva. La elección se produce y el nuevo Magistrado la recibe "como un mandato sagrado".

Resultan inútiles sus objeciones y esa misma alta conciencia que lo llevaba a resistir, lo obliga ahora a aceptar, con todas sus obligacio­nes y riesgos, la terrible encomienda.

La breve historia de la Presidencia de Vargas no es sino la confirma­ción atroz de todos sus temores. Menos de medio año después de su toma de posesión, se produce el bochornoso golpe de Estado de las tropas acantonadas en Caracas. Los más prestigiosos jefes militares están comprometidos y desde el primer momento el Presidente que­da en manos de los insurrectos, pero es entonces cuando aquel hom­bre excepcional muestra todo el temple de su alma. Aquella presi­dencia, que le ha sido impuesta contra todas sus objeciones y reparos, no la va a renunciar ni a entregar ante un motín armado. En los cálculos turbios de los conspiradores no debió entrar aquella posibilidad de que el universitario inerme se convirtiera en el más invencible obstáculo para lograr darle alguna forma de legalidad a su crimen. El Doctor Vargas resume en sus limpias manos toda la digni­dad de la República y sostiene intacto el prestigio moral de la alta magistratura de que ha sido investido. No hacía en ese momento algo distinto de lo que había hecho toda su vida: dar una lección.

Páez, quien, en uno de sus más nobles gestos, no sólo se niega a aceptar la jefatura que los insurrectos le ofrecen, sino que se pone en armas para restaurar al Presidente depuesto, se va a convertir, fatal­mente, en el mayor obstáculo para que pudiera restaurarse plena­mente el poder civil. Convencido de la inutilidad del sacrificio, el Presidente renuncia ejemplarmente. El Congreso no quiere aceptarla pero él insiste en términos perentorios. Lo que hubo de pensar en aquel trágico momento lo dice confidencialmente a su hermano Mi­guel: "Yo tengo recursos para servir a mi Patria de un modo más eficaz y cierto y de este modo conseguir un honor más seguro y en nada menor que el vano título de Presidente." "Desde mi entrada en el destino de la Presidencia, escribe en una carta íntima que nunca deberíamos olvidar, mis medios pecuniarios desmejoraron lejos de aumentar y yo tuve que menoscabar mis pocos ahorros, para hacer frente a los muchos gastos que me causara el destino." Una frase ejemplar que lamentablemente pocas veces han podido repetir nues­tros hombres públicos.

Renunciaba a una dignidad suprema para alcanzar otra no menos alta, la de convertirse en símbolo y paradigma permanente de la esperanza irrenunciable de un pueblo de ver a la cabeza del Estado su hijo más ejemplar.

En esa hora cenital Vargas se convierte en el paradigma supremo del venezolano y en algo, todavía más significativo y revelador, en el perenne Presidente moral de la Venezuela más entrañable, en el nunca olvidado símbolo de la tragedia nacional de la impotencia del hombre de virtud y su aparente derrota por los hombres de presa y los hombres de astucia. Felizmente no lo vencen sino transitoriamente, aunque el lapso nos parezca a veces demasiado, como lo demuestra el hecho aleccionador de que cada vez que Carujo levanta la garra, es finalmente Vargas quien tiene asegurado el triunfo definitivo en lo más alto de la conciencia venezolana.

No podíamos conformarnos ahora con un vacío ritual de conme­moración que más parece un exorcismo para alejar su presencia acusadora y mantenerlo inaccesible en el remoto pasado, que un fecundo reconocimiento de su vigencia. La mayor parte de lo que dejó escrito, que fue mucho, se perdió en la desidia y en la tormenta destructiva de nuestro siglo XIX y de lo que se ha podido salvar, muy poco llega a manos de la juventud. Para los más, Vargas es aquella estatua fría que se alza muda ante la indiferencia de los pasantes, pero el verdadero Vargas es otro y hay que rescatarlo como una de las grandes fuerzas de salvación con las que el país cuenta, para ello hay que traerlo de nuevo a la sala de las asambleas políticas y a los claustros universitarios para pedirle que nos ayude en nuestras difi­cultades de hoy.

Evocar dignamente su figura tutelar es una confrontación. ¿Podría­mos acaso comparecer ante él, tranquilos de conciencia? El país que apareció en los años finales de su vida, el del 24 de enero de 1848, el de la guerra civil y el caudillaje, no era ciertamente el que él se esforzó en formar, en muchos sentidos doloroso fue más el país de Carujo que el de Vargas.

Inexorablemente se alza y se alzará ante la conciencia nacional para pedir severa cuenta de lo que hemos hecho de su Patria y de su universidad. No era ése el país que él se esforzaba en formar.

Hoy, a los doscientos años de su nacimiento, regresemos a Vargas, aprendamos su lección, confesémosle nuestros errores y pidamos a su inmarcesible espíritu ayuda para rectificar y reemprender la ruta que extraviamos.

Vargas más allá de las estatuas y las conmemoraciones, de aparato, es esa presencia tan elocuentemente silenciosa que, a cada instante, surge ante nosotros para pedirnos cuenta. Si no estamos dispuestos a rendírselas no tendríamos el derecho de invocarlo.

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